Serie sobre el sí mismo y la psicología
El cociente intelectual es un pseudoconcepto: tiene poca relación con la vida de las personas corrientes y normales
El cociente intelectual es un pseudoconcepto; la vida de las personas corrientes, normales, tiene poco que ver con él
Si se dice que personas como Gauss o Ramanujan tenían un cociente intelectual extraordinariamente alto y un cerebro fuera de lo común, quizá tenga sentido.
Pero estudiar en Tsinghua, la Universidad de Pekín, Fudan o la Universidad Jiao Tong de Shanghái, entrar en el programa para jóvenes superdotados de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China, formar parte del programa «Jóvenes Genios» de Huawei, ganar medallas de oro en olimpiadas académicas, estudiar en la clase Yao de Tsinghua o ser profesor de matemáticas o física tiene poco que ver con el cociente intelectual. Se debe, sobre todo, a la suerte que se ha tenido a lo largo del camino.
Lo he escrito innumerables veces: ¿quién no se esfuerza?, ¿quién no tiene un poco de inteligencia? A lo largo del camino, casi todo depende de la suerte o, dicho de otro modo, de las oportunidades que depara el destino.
Que la familia de origen no sea un desastre —la pobreza no es el problema; lo importante es que no sea tóxica—; que el entorno educativo no sea un desastre —ni siquiera estudiar en las cuatro provincias de Shandong, Shanxi, Henan y Hebei tiene por qué ser un impedimento: también se puede tener la suerte de encontrar buenos profesores, o libros y orientación de mayores y hermanos—; tener algo de suerte al encaminarse en una especialidad y al elegir el conjunto de competencias técnicas y la línea de investigación.
Si la dedicación académica y profesional no se interrumpe entre los 16 y los 26 años, el nivel de especialización puede llevar diez años de ventaja al de los demás. (Las matemáticas de la mayoría de la gente se quedan en el nivel de los 16 años). En determinadas circunstancias, es natural que los empleadores quieran contratar a estudiantes «geniales» como estos: detrás hay unos fundamentos, una formación académica, unos hábitos de pensamiento y unas costumbres sociales cultivados por toda una sucesión de oportunidades. (Aunque eso tampoco significa que tengan una buena formación en todos los aspectos: los estudiantes de universidades prestigiosas también suelen tener determinados problemas psicológicos). Google tiene una fe ciega en las universidades de élite, los genios y las pruebas de inteligencia, y, sin embargo, en los últimos diez años se ha vuelto cada vez más mediocre.
Pero, incluso al llegar a ese punto, cómo le vaya a uno sigue dependiendo de las oportunidades posteriores. ¿Qué estudiante de ingeniería civil de Tsinghua o Tongji no fue en su día uno de los elegidos? Y el sector se ha venido abajo. ¿Quién trabaja en finanzas sin un currículum brillante? Pero el sector es así de mediocre, y las remuneraciones son así de bajas. Quienes trabajan en telecomunicaciones en Huawei o ZTE, ¿cuántas matemáticas estudiaron con ahínco y cuántas fórmulas memorizaron por el camino? Pero el sector ha dejado de ir bien. En los principales institutos de investigación de la industria militar, los requisitos de acceso son altos y el trabajo es difícil; ¿quién de los que están allí no tiene cierta vocación? Pero hacen muchísimas horas extra y cobran poco. En cambio, la barrera de entrada para ser programador no es tan alta y aprender tampoco es tan difícil, pero trabajar como programador en una gran tecnológica ya es uno de los caminos más afortunados para una persona corriente. (Ganar en diez años lo que en otros sectores se gana en treinta, y jubilarse). Los universitarios de la década de 2010 estudian con mucha más intensidad y tienen mucha más experiencia en prácticas que quienes fuimos universitarios en los años 2000, pero las oportunidades ya no son las mismas. Antes, hasta los estudiantes de posgrado podían quedarse a trabajar en la universidad y beneficiarse de la expansión de las matrículas; ahora, incluso a quienes vuelven del extranjero con un doctorado de una universidad prestigiosa les cuesta, y se les aplica la regla de ascender o marcharse. ¿Quién no se esfuerza?, ¿quién no tiene inteligencia?, ¿quién no ha tenido suerte alguna vez? El destino juega con todos.
En 2017 leí la *Serie sobre las figuras que lideraron la ciencia y la tecnología de la generación fundadora de la República Popular China*, con las biografías de varias decenas de miembros de las academias nacionales. Había un fenómeno interesante: varios habían interrumpido sus estudios durante un año por enfermedad u otros motivos, de modo que después eran mayores que sus compañeros de clase. Por eso mostraban una madurez y una confianza en sí mismos excepcionales, eran delegados de clase y líderes en la secundaria y la universidad, y poco a poco se convirtieron en grandes dirigentes de la ciencia y la tecnología. Si lo miramos al revés, quienes empiezan pronto la escuela van por detrás de sus compañeros en desarrollo físico y psicológico, y es fácil que se sientan inferiores; claro que algunos, por el contrario, estudian desesperadamente en busca de una sensación de superioridad. Esto también es el destino jugando con las personas.
Cuando llegamos a la universidad, nos damos cuenta de que las asignaturas de secundaria, como matemáticas, física o inglés, en realidad no eran tan difíciles. Más adelante, al mirar atrás, ocurre lo mismo con la universidad. Siempre que se trate de algo publicado en un libro para el público general, básicamente ya lo han estudiado cientos de miles o millones de personas. Los hechos demuestran que la inteligencia de la mayoría basta para comprenderlo; la cuestión es si se han dado las oportunidades para recorrer ese camino.
Antes escribí *Salir del entorno de origen* (la familia de origen, la educación de origen, el sector y el entorno laboral de origen; la sociedad, la cultura y el entorno mediático de origen; los patrones psicológicos, de pensamiento, de relaciones sociales y de vida de origen). Muchas formas de pensar no nacen de uno mismo: nos las inculcan desde fuera. La suerte varía, la profundidad de las obstrucciones kármicas también, y por eso varía el grado de conciencia.
Cuántos niños inteligentes y esforzados han sido devorados por el destino. En el pueblo, todos aquellos niños andaban con los mocos colgando y chupándose el pulgar; después tuvieron destinos distintos. ¿Acaso dependió del esfuerzo individual? ¿Del cociente intelectual? Todo dependió de las oportunidades.
Quienes intentan combatir y manipular el destino acaban siendo aún más objeto de sus juegos y burlas. Zhuangzi habla de aceptar el momento que nos toca y seguir el destino, de dejar que las cosas sigan su curso natural. Las personas poseen una plenitud innata; esta no reside en las cosas externas ni en las posesiones.
La propiedad privada, el sistema de competición por puestos, los distintos entornos contrarios al humanismo, los diversos enredos kármicos y trastornos psicológicos, entre otras cosas, han generado una situación compleja. Dentro de doscientos o trescientos años, una vez llegado el comunismo, se verá la verdad y la falta de sentido de muchas de estas cosas del pasado. El cociente intelectual no es más que una ideología del elitismo. Con apariencia de justicia.