Serie sobre los obstáculos kármicos
La vida cotidiana como «antipráctica espiritual»: confusión en lo que sentimos
Sentir, la atención plena y la claridad son una forma de vivir la práctica espiritual. Pero, en su día a día, las personas refuerzan la confusión de sus sensaciones, se sumergen en pensamientos dispersos y cultivan malos hábitos y tendencias arraigadas. Llevan una vida de «antipráctica espiritual».
Relaciones sociales: sumergirse en relaciones afectivas de mala calidad, confusas y distorsionadas; amistades de juerga, compañeros que hacen de basurero emocional, infidelidad emocional, encuentros sexuales casuales y promiscuidad, falsedad, untuosidad, confusión y distorsión. Hasta el punto de no poder reconocer ni seleccionar relaciones de calidad.
Estudios: una mezcla de arrogancia, inferioridad y dudas sobre uno mismo; fantasías, ego, darle vueltas al pasado y preocuparse por el futuro. Se estudia una página y se llevan dos telenovelas en la cabeza.
Trabajo: acostumbrarse a malos hábitos y ambientes laborales, al engaño y la falsificación, a sacar provecho del desorden, a la adulación servil, a halagar a los superiores y maltratar a los subordinados. Quedarse atrapado en intrigas como las de *La leyenda de Zhen Huan*, hasta perder tanto la capacidad como la virtud. Fantasías, ego, vampirismo psíquico. Hundirse en la desesperación y el abatimiento.
Cuerpo: acostumbrarse a malos hábitos de vida, trasnochar, darse atracones, comer comida basura, no hacer ejercicio, engancharse en exceso a los videojuegos y a mirar el móvil. Caer en la fatiga y el agotamiento.
Psique: confusión, sensaciones poco fiables, exceso de pensamiento, inferioridad, arrogancia, ataques contra uno mismo y autodestrucción. Caer en el agotamiento, el desconcierto, el desánimo y la desesperación.
Las personas son como un acróbata borracho que, entre aspavientos y movimientos descoordinados, camina por la cuerda floja haciendo malabares con cinco o seis pelotas. Todo el mundo conoce aquello de «sigue a tu corazón», de hacer caso a lo que sientes, pero el corazón está ciego y con resaca. Una persona ciega sobre un caballo ciego, al borde de un abismo en plena noche.
La antipráctica espiritual comienza en el «entorno de origen» —la familia, la escuela y el primer entorno laboral—, donde uno empieza a alejarse de la sencilla plenitud innata de la infancia, de la capacidad de sentir, del instinto y la intuición, de la sencillez y la naturalidad, de la claridad y la sobriedad.
La antipráctica espiritual es el comienzo del oscurecimiento interior. La mayoría de las malas personas seguramente fueron antes personas corrientes. Las pruebas son, primero, que no pueden haber nacido todas así; segundo, que el siglo XXI es mucho mejor que el XVIII y que la futura sociedad de la Internacional será mucho mejor que la de hoy. El primer paso para volverse malo es la «antipráctica espiritual».
Cultivar lo verdadero y disipar lo ilusorio: contrarrestar la antipráctica espiritual, llevar la sencillez al extremo, asentarse en lo profundamente verdadero y en la simplicidad esencial.
P. D. El motivo que me llevó a escribir esto. Estos últimos años veo por todas partes vestigios de la antipráctica espiritual y confusión en las sensaciones. También percibo a menudo la sencillez extrema, la claridad, la atención plena y la alta frecuencia vibratoria de una vida de práctica espiritual. El contraste es evidente. El despertar es súbito y el cultivo es gradual; cuesta desprenderse de las tendencias arraigadas. Seguir practicando de verdad, seguir avanzando.